Perdida la Guerra Civil, Manuel Azaña se vio abandonado por casi todos los suyos y vivió huyendo de franquistas y nazis hasta su muerte, hace ahora 70 años. Extracto de un nuevo libro sobre el ex presidente de la II República
Mientras el ahora simple ciudadano Manuel Azaña vivía aquel exilio introvertido y melancólico, las autoridades franquistas incoaban en Madrid un expediente, iniciado el 31 de agosto de 1939, a quien fuera símbolo de la República. Con su casona familiar de Alcalá saqueada y posteriormente ocupada por la Falange, los servicios policiales y militares iban calificando a Azaña de persona "de carácter seco, agrio, con dureza más efectiva que real", iban tildando al político de "hábil sofista, contundente polemista y enemigo rencoroso de la Iglesia" y, en definitiva, iban desgranando los tópicos que más tarde persiguieron, durante las décadas del franquismo, al jefe del Estado republicano. Maricón, pervertido, anticlerical, monstruo, cobarde o destructor del Ejército y de los valores patrios fueron lugares comunes de una de las campañas de desprestigio más sistemáticas y brutales de la España contemporánea.
Diplomáticos mexicanos protegieron al ex jefe del Estado español en sus últimos meses de vida azarosa en Francia
Cuando el tribunal de depuración dictó su sentencia, en abril de 1941, Azaña ya había muerto, aunque esa circunstancia no impidió que fuera condenado al pago de 100 millones de pesetas, una fortuna para la época.
(...) La incomodidad y el nerviosismo de todos aumentó enormemente cuando el 1 de septiembre de aquel año (1939) la Alemania nazi ocupó Polonia y obligó a Francia y el Reino Unido a declarar la guerra a Hitler. El temor a una invasión germana del territorio francés y los recelos hacia la posibilidad de que Suiza pudiera perder su neutralidad llevaron a los Azaña Rivas a sopesar la posibilidad de trasladarse al oeste de Francia. "No creo que Franco vaya a buscarnos a Burdeos", fue el comentario esperanzado de don Manuel. Se equivocaba, no obstante. De este modo, el grupo refugiado en Collonges-sous-Salève recogía la sugerencia que les había hecho Carlos Montilla, ex embajador republicano en Belgrado y La Habana, un diplomático demócrata y admirador de Azaña, a quien había visitado en su refugio alpino. Así pues, a mediados de octubre, Manuel Azaña y su inseparable cuñado realizaron el largo viaje desde Collonges-sous-Salève hasta Arcachon en ferrocarril, y no por carretera, dadas las dificultades para conseguir gasolina y permisos de circulación en Francia una vez iniciada la guerra. Guiados por Montilla y por su mujer, que ya se habían instalado en Pyla-sur-Mer, llegaron a aquel paraje de la costa atlántica, famoso por sus inmensas dunas, muy cerca de Arcachon y a 50 kilómetros de Burdeos.
(...) A medida que pasaban los meses de su exilio francés, el ex presidente se iba desilusionando de la actitud del país vecino, esa Francia a la que él había admirado, casi reverenciado, desde su juventud. Pero cuando llegó la hora del destierro, Azaña se percató de que, junto a una minoría de franceses, que lo saludaban y lo elogiaban en la calle, el resto de ciudadanos y, de manera especial, las autoridades adoptaban una actitud despectiva no tanto hacia su persona, sino, lo que era más grave, hacia el régimen republicano que él había encarnado. Así pues, sus críticas hacia la cínica e injusta política de no intervención durante la guerra se vieron acrecentadas por el trato que se daba a los españoles en los campos de concentración del Mediodía francés, por la escasa consideración que recibían los combatientes de la República y, en suma, por el menosprecio del que eran objeto unos soldados y civiles que habían defendido en España la libertad de Europa.
Esta actitud miope y cobarde de los gobiernos de París le indignó mucho. No fue el único refugiado de talla que dejó constancia de su decepción con Francia. La abogada, miembro de Izquierda Republicana y diputada Victoria Kent, enviada por el Gobierno en 1937 a la embajada en París para canalizar la salida de los refugiados, se vio forzada, tras la entrada de los nazis en la capital francesa en junio de 1940, a vivir de forma clandestina durante cuatro años para evitar que la Gestapo y la policía franquista la detuvieran y la deportaran a España para ser juzgada y "probablemente fusilada", como dijo ella misma. Con el nombre falso de madame Duval, y protegida por la Cruz Roja y la Resistencia, Kent pudo observar la actitud de los franceses, que osciló entre el colaboracionismo y la oposición, pasando por una gran mayoría acomodaticia.
(...) Los temores a que Azaña fuera detenido por la Gestapo, que dominaba la zona de Arcachon y toda la fachada atlántica francesa hasta la frontera con España, se volvieron más fundados cada día que pasaba, y por ello los diplomáticos mexicanos, que se habían hecho cargo de su protección, recomendaron su desplazamiento hacia el sureste de Francia. Es importante reseñar que los terribles oficiales nazis actuaron durante aquellos tiempos a las órdenes de la policía franquista en lo que se refería a la persecución y detención de dirigentes republicanos, y el ex jefe del Estado era, por supuesto, una de las piezas más codiciadas por el nuevo régimen fascista. De hecho, el cuñado de Franco y ministro de Exteriores, Ramón Serrano Súñer, puso especial empeño en que Azaña fuera extraditado, si bien no logró su propósito. Convencido, pues, por los mexicanos, el matrimonio Azaña Rivas decidió finalmente abandonar Pyla-sur-Mer. Su secretario, Martínez Saura, refirió en sus memorias la marcha de Azaña, a finales de junio, desde Pyla-sur-Mer hasta Montauban, una pequeña ciudad de provincias cercana a Toulouse. (...) El grupo salió de Pyla-sur-Mer con los nazis pisándoles literalmente los talones.
(...) Todo el cuadro se había oscurecido aún más desde que la pareja recibiese la noticia de que la Gestapo y la policía franquista habían detenido a Cipriano Rivas Cherif (cuñado de Azaña), Carlos Montilla y Miguel Salvador, un ex diputado de Izquierda Republicana en Pyla-sur-Mer, el 10 de julio, poco después de la marcha de los Azaña Rivas. Los tres fueron extraditados casi de inmediato a España, donde fueron juzgados en consejo de guerra sumarísimo y condenados a la pena de muerte, una noticia que fue conocida a finales de aquel septiembre. (...) Azaña, que había sufrido un amago de infarto cerebral al conocer aquella noticia, ya casi no podía ni hablar y estaba, por tanto, incapacitado para realizar ningún tipo de gestión. Sólo acertó a decir en una ocasión: "¡Bien saben lo que me han hecho! Esto sí que no lo resisto!".
Ciudadano Azaña, de Miguel Ángel Villena. Editorial Península. Precio: 23,90 euros.
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miércoles, 10 de noviembre de 2010
lunes, 19 de abril de 2010
2010 Año Hernandiano

“Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!”
Pablo Neruda
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martes, 6 de abril de 2010
Manifiesto actos del 28 de Marzo de 2010 en Alicante con motivo del aniversario del Stanbrook

Son las 23 horas del 28 de Marzo de 1939, la noche es oscura, el cielo está nublado, ha sido un día completamente gris, como si el cielo reflejara las almas y espíritus de las personas a las que ampara debajo de su manto. El Stanbrook, un barco inglés fletado por la Federación Provincial Socialista de Alicante, está zarpando desde este mismo puerto; un pequeño barco carbonero de 1383 toneladas, 70 metros de largo, 10 metros de ancho y con una capacidad de 50 personas de tripulación. En él van embarcados hacia el exilio 3000 republicanos.
Son los días del ocaso de la Segunda Republica Española, casi 8 años después de su proclamación y después de casi 3 años de guerra civil, el sueño de la primera democracia española; el sueño de la libertad, del progreso y la igualdad llega a su fin. El presidente Azaña ha dimitido, el Coronel Casado se ha sublevado en Madrid, provocando la caída y el exilio del Gobierno de Negrín. Miles de comprometidos por la causa de la Republica, la libertad y la democracia sufren por su destino desesperados intentando escapar de la segura cruel represión de los vencedores.
En este mismo lugar donde hoy nos encontramos, hay más de 15000 personas huyendo de este destino. Vienen de Madrid, de Castilla, de Andalucía, de toda la comunidad y la provincia, buscando el último territorio libre de España. Hay campesinos, obreros, maestros, cargos públicos, militares leales a la Republica; familias enteras que entran a tropel en el puerto con la promesa de un barco que los llevará al exilio y el compromiso de Franco de dejarlos marchar.
Franco miente. Las fuerzas fascistas italianas de la división Vittorio, al mando del General Gambara comienzan a entrar en la ciudad donde ya comienzan a ondear banderas franquistas y se empiezan a llevar a cabo las primeras represalias por parte de la Falange y la Quinta columna. El puerto de Alicante esta rodeado por la Armada Franquista, submarinos de Mussolini y la aviación Nazi. El dictador Franco quería convertir el puerto de Alicante en una ratonera, en una trampa; y consigue sus objetivos.
En la penumbra del puerto, en una escena espectral, miles de personas viven desesperadas el azar que les asignara, un billete hacía el exilio o hacía sus verdugos, con destinos igualmente desconocidos. Hay nervios, agitación, emoción, gritos, sollozos, y desesperación en las despedidas, y no seremos capaces de imaginarmos el implacable sentimiento de los que se quedaban en tierra en el momento de ver levantarse definitivamente la escalerilla de acceso al barco.
El Stanbrook, que comandado por el valeroso Capitán Archibald Dickson, se había atrevido a burlar el bloqueo del puerto, arriesgando los tripulantes sus vidas, está completamente lleno hasta el palo mayor, en todos los lugares hay alguien; en las bodegas, en el puente, en los techos de las cocinas y las maquinas, hasta el punto que la línea de flotación del barco llega a sumergirse.
A las 23 horas de ese 28 de Marzo, el capitán ordena levantar las amarras y el Stanbrook pone proa con rumbo a Oran, en Argelia, entonces colonia francesa. Existe un silencio religioso, solo turbado por el ruido de las máquinas. Muchos lloran; les ahoga el recuerdo de lo que queda atrás, un sueño y una lucha rotos, un hogar amado y los compañeros indefensos al arbitrio de la horda triunfante. En la bocana del puerto, se escucha el ruido de un motor de un avión acercándose, y de repente en forma de regalo de despedida, este arroja dos bombas que afortunadamente erraran el objetivo explosionando a unos metros de la popa sin ocasionar daños. La noche es dominada por el silencio en una imagen indescriptible en forma de mosaico de carnes cansadas, sudores amontonados y un lamento indefinible de cansancio infinito que llena hasta el último rincón del barco.
La travesia hasta Oran dura 20 horas, ya que el Stanbrook navega en Zig-Zag fuera de la ruta regular para evitar encuentros indeseables. Los refugiados desean llegar a Puerto para sentir la ansiada libertad, con la creencia de que serán recibidos como héroes de la guerra de España y victimas del fascismo. Pero no es así, son tratados como criminales, obligándolos a aguantar un mes sin poder pisar tierra en condiciones infrahumanas, hasta la llegada de una epidemia de Tifus y la amenaza del Capitán Dickson a las autoridades francesas de estrellar el barco contra los muelles. En tierra, ya finalizado uno de los episodios más dramáticos del exilio republicano, les espera un campo de concentración.

El 3 de Diciembre el Stanbrook será hundido por un submarino Alemán muriendo con él todos sus tripulantes, en los campos de concentración de Argelia se guardará un minuto de silencio con el comentario de que “Aquel navío se lo merecía”.
Simultáneamente en el puerto de Alicante las miles de personas que han quedado, esperan la llegada de otros barcos que nunca llegarán, las tropas fascistas italianas ya han tomado posiciones en la explanada amenazando con las armas a los desgraciados republicanos, algunos prefieren suicidarse antes de caer en manos de sus verdugos, otros se rinden siendo confinados en el “Campo de los almendros”, en la Goteta, siendo traslados en un numero de hasta 35000 hasta el Campo de concentración de Albatera. Allí les espera un penoso cautiverio, cuando no el pelotón de fusilamiento. Es el 1 de Abril de 1939 la Guerra Civil ha terminado
Hoy, 28 de Marzo de 2010, en el mismo lugar donde hace 71 años se vivía este suceso, vemos un casino, un hotel, pubs y discotecas, y lo que fue el llamado Campo de los Almendros es un Centro Comercial. En los lugares donde se produjo uno de los sucesos más dramáticos y conmovedores de la historia Alicantina, no existe ningún monumento que recuerde aquellos que lo perdieron todo por defender sus ideas, por defender un sueño de una sociedad más igual y justa, por defender lo que hoy tanto valoramos, nuestra libertad y nuestra democracia. Ellos perdieron la guerra, pero como anticiparía Unamuno al propio Millan Astral: vencereis pero no convencereis; ellos nunca perdieron la batalla de las ideas. Su victoria se refleja hoy aquí, en este lugar en el que nos encontramos homenajeándolos, en esta España libre y democratica. Compañeros se lo debemos. Debemos llevar el recuerdo de la Republica y sus héroes con nosotros, debemos contar lo que sucedió a nuestras familias, a nuestros amigos, a la sociedad que nos rodea; a los que están y a lo que vendrán, porque les debemos que su historia y su sacrificio no queden en el olvido. El olvido representaría la última victoria del dictador, que durante sus 40 años en el poder intento borrar la memoria de los vencidos, no permitamos que el mal vuelva a ganar esta batalla. Sin odio pero sin olvido.
Por último le pedimos a la alcaldesa de Alicante que coloque este suceso en el lugar de la historia de Alicante que se merece. Le pedimos que instale los monumentos conmemorativos en el puerto de Alicante y el Campo de los Almendros, le pedimos que la ciudad recuerde anualmente lo que aquí sucedió, le pedimos que la memoria de la republica y el Stanbrook sean enseñados en la escuela, que la generaciones venideras conozcan el 28 de Marzo de 1939 como una de la fechas en que todo Alicantino debe sentirse orgulloso. El día que Alicante fue la ciudad donde se desarrollo la historia del fin del mundo, del fin de un sueño. El día que Alicante fue el último trozo de la nación en el que ondeo la bandera tricolor.
Compañeros guardemos dos minutos de silencio por los héroes de la libertad y la democracia. Compañeros ALICANTE ES REPUBLICANA.
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jueves, 3 de diciembre de 2009
SE LO DEBEMOS (publicado el 26-9-2006)
Hace unas semanas tuve la oportunidad de leer un artículo de opinión de un colaborador de este periódico titulado “Amnesia histórica”. En éste su autor defendía que la nueva ley de la memoria histórica aprobada por el congreso de los diputados es inadecuada porque significa abrir viejas heridas de una guerra civil española en la que se produjo un terrible fifty-fifty que nadie debería satisfacer ni homenajear. Al leer este artículo me vi obligado a no ser hipócrita con mi forma de pensar y sentir, e intentar disentir de la argumentación de este artículo.
Soy joven, tengo 21 años, no viví la guerra, ni la dictadura, ni la transición. Y tuve la suerte de no contar con ningún familiar dentro de la contienda en ninguno de los dos bandos. La República y la Guerra Civil son dos temas que me fascinan; la lucha de la democracia y la libertad contra el fascismo y la injusticia. Por ello he intentado conocer cuales fueron y como transcurrieron los hechos de este “error” de la historia española, y por tanto, a pesar de no haber vivido esta parte nefasta de la historia de nuestro país, creo que estoy capacitado para poder afirmar en este momento que esta ley es necesaria.
Primero porque cómo se van abrir viejas heridas cuando estas nunca fueron cerradas; nuestra modélica transición a la democracia se olvidó de hacerlo con quienes 40 años antes habían luchado y muerto por ella. Cuando los rebeldes (su verdadero nombre antes de que los nazis los rebautizaran como nacionalistas por cuestión de imagen) ganaron la guerra, Franco tuvo la oportunidad de acabar con el sufrimiento de toda la población, harta de 3 años de hambre, sufrimiento y destrucción; y en cambio postergó la de la otra España 40 años más. Durante las cuatro décadas de la dictadura se homenajeó y glorificó a la figura del soldado nacional y a todo aquel que luchó contra la “amenaza marxista”, la patraña inventada por el director del golpe, el general Mola, para legitimarlo (curioso cuando al principio de la guerra el Partido Comunista Español apenas contaba con afiliados en comparación con otras fuerzas de izquierdas).
Antagónicamente, durante esos 40 años el régimen se encargó de castigar severamente a todo aquel que luchó por la libertad y defendió las ideas de la república –tuviera o no las manos manchadas de sangre– y de enterrar todo aquello por lo que lucharon y que ahora valoramos como el mejor tesoro de nuestra sociedad, la democracia. Actualmente, nadie dudará de que, desde que llegó la democracia, las cotas de libertad y de bienestar de nuestro país son inmensas en comparación con tiempos pasados; nadie dudaría en protestar y, si se diera el caso, en luchar si alguien quisiera arrebatarnos nuestra libertad. Durante 40 años ellos honraron a los suyos, no se olvidaron de ellos. ¿Por qué nosotros deberíamos olvidar y no honrar a quienes lucharon por lo que hoy valoramos tanto? Se lo debemos, pues aún hoy en día hay familias que no saben donde yacen sus familiares asesinados por la barbarie.
Alguien me respondería que fue una guerra, que en una guerra se cometen atrocidades por parte de los dos bandos, atrocidades que no se deberían homenajear, y estoy de acuerdo, pero el caso de nuestra guerra civil fue diferente. En España existía un gobierno legalmente establecido por el poder del pueblo, y al cual le fue trasgredida su legitimidad por los de siempre: el ejército, la iglesia, la aristocracia y los grandes empresarios y terratenientes. Aquellos que otra vez en la historia se mostraban como garantes del orden social cuando veían que sus intereses podían ser perjudicados para intentar equilibrar los inmensos desequilibrios de la sociedad española. La república lo intentó con la reforma agraria, del ejército y la nueva ley educativa, pero el egoísmo de los generales africanistas, del clero (que después de 70 años aún no ha pedido perdón por el apoyo al golpe y a 40 años de dictadura) y los caciques regionales impidió que se pudieran llevar a cabo. Algunos historiadores revisionistas dirán que fue la propia situación caótica de la República la que llevó al golpe, pero fueron los grupos de ultraderecha –como el partido político de Calvo Sotelo, Bloque Nacional que subvencionaba a los pistoleros de La Falange– quienes crearon la espiral de violencia con la colaboración, ignorante y también violenta, de los sindicatos de izquierdas, espiral deseada para crear la atmósfera de crispación necesaria para que el golpe tuviera apoyo.
En está guerra se produjeron atrocidades por parte de los dos bandos, pero jamás existió el famoso fifty-fifty. La utilización de violencia extrema entraba dentro del plan del golpe ideado por Mola como una pieza básica de éste; representaba el instrumento de terror necesario para amedrentar a las masas y encontrar la menor oposición al golpe. Los rebeldes asesinaron a miles de personas de una forma sistemática, metódica y fría. De esta forma cayeron fusiladas 200.000 personas desde el inicio de la guerra hasta siete años después de finalizada (en el campo de batalla se produjeron 125.000 muertes de los dos bandos durante toda la guerra). En el otro bando también se produjeron atrocidades, 25.000 fusilamientos y no olvidemos a las “checas”, pero en cambio el gobierno de la República las persiguió y las castigó dentro de sus límites. El gobierno de la República no patrocinó la violencia y quienes las cometieron fueron personas enloquecidas por los excepcionales sucesos que se estaban produciendo. No los estoy defendiendo, pero no hubieran llegado a esa situación si no se hubiera llevado a cabo el golpe y la posterior guerra.
A pesar de los malos momentos que por entonces podría estar pasando la República, era un sistema justo y legal, con un gobierno elegido legítimamente. Ningún golpe de estado ni ninguna guerra, pueden ser aceptados como necesarios. Todo, hasta la frontera más infranqueable, debe arreglarse mediante la razón y el diálogo y nunca mediante el uso de la fuerza; ésta no debería usarse jamás, ni siquiera como último recurso. Ellos lucharon por su libertad como nosotros lucharíamos por la nuestra. Ellos lucharon por nuestra libertad. Por ello, pienso que se lo debemos.
Soy joven, tengo 21 años, no viví la guerra, ni la dictadura, ni la transición. Y tuve la suerte de no contar con ningún familiar dentro de la contienda en ninguno de los dos bandos. La República y la Guerra Civil son dos temas que me fascinan; la lucha de la democracia y la libertad contra el fascismo y la injusticia. Por ello he intentado conocer cuales fueron y como transcurrieron los hechos de este “error” de la historia española, y por tanto, a pesar de no haber vivido esta parte nefasta de la historia de nuestro país, creo que estoy capacitado para poder afirmar en este momento que esta ley es necesaria.
Primero porque cómo se van abrir viejas heridas cuando estas nunca fueron cerradas; nuestra modélica transición a la democracia se olvidó de hacerlo con quienes 40 años antes habían luchado y muerto por ella. Cuando los rebeldes (su verdadero nombre antes de que los nazis los rebautizaran como nacionalistas por cuestión de imagen) ganaron la guerra, Franco tuvo la oportunidad de acabar con el sufrimiento de toda la población, harta de 3 años de hambre, sufrimiento y destrucción; y en cambio postergó la de la otra España 40 años más. Durante las cuatro décadas de la dictadura se homenajeó y glorificó a la figura del soldado nacional y a todo aquel que luchó contra la “amenaza marxista”, la patraña inventada por el director del golpe, el general Mola, para legitimarlo (curioso cuando al principio de la guerra el Partido Comunista Español apenas contaba con afiliados en comparación con otras fuerzas de izquierdas).
Antagónicamente, durante esos 40 años el régimen se encargó de castigar severamente a todo aquel que luchó por la libertad y defendió las ideas de la república –tuviera o no las manos manchadas de sangre– y de enterrar todo aquello por lo que lucharon y que ahora valoramos como el mejor tesoro de nuestra sociedad, la democracia. Actualmente, nadie dudará de que, desde que llegó la democracia, las cotas de libertad y de bienestar de nuestro país son inmensas en comparación con tiempos pasados; nadie dudaría en protestar y, si se diera el caso, en luchar si alguien quisiera arrebatarnos nuestra libertad. Durante 40 años ellos honraron a los suyos, no se olvidaron de ellos. ¿Por qué nosotros deberíamos olvidar y no honrar a quienes lucharon por lo que hoy valoramos tanto? Se lo debemos, pues aún hoy en día hay familias que no saben donde yacen sus familiares asesinados por la barbarie.
Alguien me respondería que fue una guerra, que en una guerra se cometen atrocidades por parte de los dos bandos, atrocidades que no se deberían homenajear, y estoy de acuerdo, pero el caso de nuestra guerra civil fue diferente. En España existía un gobierno legalmente establecido por el poder del pueblo, y al cual le fue trasgredida su legitimidad por los de siempre: el ejército, la iglesia, la aristocracia y los grandes empresarios y terratenientes. Aquellos que otra vez en la historia se mostraban como garantes del orden social cuando veían que sus intereses podían ser perjudicados para intentar equilibrar los inmensos desequilibrios de la sociedad española. La república lo intentó con la reforma agraria, del ejército y la nueva ley educativa, pero el egoísmo de los generales africanistas, del clero (que después de 70 años aún no ha pedido perdón por el apoyo al golpe y a 40 años de dictadura) y los caciques regionales impidió que se pudieran llevar a cabo. Algunos historiadores revisionistas dirán que fue la propia situación caótica de la República la que llevó al golpe, pero fueron los grupos de ultraderecha –como el partido político de Calvo Sotelo, Bloque Nacional que subvencionaba a los pistoleros de La Falange– quienes crearon la espiral de violencia con la colaboración, ignorante y también violenta, de los sindicatos de izquierdas, espiral deseada para crear la atmósfera de crispación necesaria para que el golpe tuviera apoyo.
En está guerra se produjeron atrocidades por parte de los dos bandos, pero jamás existió el famoso fifty-fifty. La utilización de violencia extrema entraba dentro del plan del golpe ideado por Mola como una pieza básica de éste; representaba el instrumento de terror necesario para amedrentar a las masas y encontrar la menor oposición al golpe. Los rebeldes asesinaron a miles de personas de una forma sistemática, metódica y fría. De esta forma cayeron fusiladas 200.000 personas desde el inicio de la guerra hasta siete años después de finalizada (en el campo de batalla se produjeron 125.000 muertes de los dos bandos durante toda la guerra). En el otro bando también se produjeron atrocidades, 25.000 fusilamientos y no olvidemos a las “checas”, pero en cambio el gobierno de la República las persiguió y las castigó dentro de sus límites. El gobierno de la República no patrocinó la violencia y quienes las cometieron fueron personas enloquecidas por los excepcionales sucesos que se estaban produciendo. No los estoy defendiendo, pero no hubieran llegado a esa situación si no se hubiera llevado a cabo el golpe y la posterior guerra.
A pesar de los malos momentos que por entonces podría estar pasando la República, era un sistema justo y legal, con un gobierno elegido legítimamente. Ningún golpe de estado ni ninguna guerra, pueden ser aceptados como necesarios. Todo, hasta la frontera más infranqueable, debe arreglarse mediante la razón y el diálogo y nunca mediante el uso de la fuerza; ésta no debería usarse jamás, ni siquiera como último recurso. Ellos lucharon por su libertad como nosotros lucharíamos por la nuestra. Ellos lucharon por nuestra libertad. Por ello, pienso que se lo debemos.
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